Louise Roenn estuvo hace poco de visita en las instalaciones que Food For People (FFP, Alimento para la gente) tiene en Otinibi, Ghana. Conocer a los empleados, a los profesores y a los niños la impactó profundamente. A continuación nos cuenta su experiencia personal.

Los platos son enormes —casi más grandes que los niños—. Un aroma de especias africanas decoran el comedor y las voces alegres de los niños animan el ambiente.

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Cada día se sirven 700 comidas.

Llego a la hora de comer, y el propósito de la visita es realizar un reportaje de video con los fotógrafos Alex y John, que recorren las instalaciones, tomando fotos de algunos de los 200 niños que están sentados a la mesa. Ver las caras de los niños, sus ropas de colores, sus gestos pícaros y sus sonrisas radiantes es impresionante, tengo un nudo en la garganta que me impide hablar.

«Si las instalaciones de Food for People no estuvieran aquí, algunos de estos niños no comerían todos los días», dice Bernard Modey, que es miembro de la junta de la Fundación Prembaf Ghana, y colabora con la Fundación Prem Rawat (TPRF) desde que se inauguraron estas instalaciones en 2012. La TPRF comenzó este programa en 2006 y cuenta con instalaciones en la India y Nepal.

«La idea es simple, explica Bernard, mientras caminamos por el comedor. Se trata de servir una comida nutritiva al día, con productos cultivados localmente a niños en edad escolar». Un grupo de chicos se lava las manos mientras que otros se dirigen al mostrador para repetir.

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Anili con su hermano a la espalda.

Anili y Bani

«Aquella niña de ahí ha traído a su hermano», dice Bernard, señalando a una niña de pelo negro y corto que lleva una camiseta blanca y un pañuelo alrededor del pecho.

Está dando de comer arroz y alubias a su hermano, que tiene unos dos años. Ella tendrá seis o siete años más o menos.

«¿Por qué has traído hoy a tu hermano?», pregunta Bernard a Anili, que lleva a su hermano Bani a la espalda, envuelto en un pañuelo. Ella responde en Ga, su idioma regional, y John lo traduce. «No hay nadie en casa que nos haga la comida, dice John. Trae a su hermano para que pueda comer». Recorrimos el pueblo de modestas casas para entrevistar a estudiantes y profesores. Unos 60 niños, de entre 3 y 12 años, se agolparon a nuestro alrededor bajo el sol del mediodía, movidos por la curiosidad.

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Ken, profesor de Otinibi, expresa su alegría sobre el programa.

Evitar que los niños dejen la escuela

En el patio de la escuela, Bernard me presenta a un maestro, Ken, que lleva en la escuela Otinibi desde el inicio del programa FFP, en 2012. Nos dice que, durante los últimos cuatro años, la matrícula ha aumentado de 400 alumnos a cerca de 700.

«Los niños solían abandonar la escuela para trabajar, ya que los padres necesitaban dinero para comprar comida», dice Ken. «Ahora, los padres envían a sus hijos a la escuela porque los niños comen allí». Algunos estudiantes acceden a la escuela secundaria, con posibilidades de cursar estudios superiores. Estamos muy contentos de ver este gran cambio».

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Bernard Modey detalla su participación.

Humildad y emoción

Bernard nos lleva a la Aisha Bint Khalifa School que está al lado de la escuela de Otinibi. El patio del colegio está en obras y nos comenta que 110 estudiantes de esa escuela se sumaron al programa en mayo.

«Esta escuela se está ampliando con nuevas aulas, ya que se espera que la matrícula aumente», explica Bernie, mientras señala a diez obreros que retiran ladrillos del suelo.

Cuando le pregunto a Bernard lo que significa para él estar involucrado con el programa, se le llenan los ojos de lágrimas.

«Sientes humildad y emoción, dice, poniéndose la mano en el pecho. Cada uno tiene su propia historia, pero si no tienes medios, no puedes salir adelante. Con este programa podemos cambiar eso».

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Roselyn: el amor es tan esencial como la comida.

No solo damos de comer a los niños

De vuelta al comedor nos encontramos con Roselyn, la jefa de cocina. Ella prepara cerca de 700 comidas cada día para los niños y 35 más para ancianos de la comunidad.

Roselyn se ha mudado recientemente a una de las nuevas viviendas para el personal, situadas en el patio, justo enfrente de la cocina. Ahora, los que trabajan aquí sólo tienen que dar unos pasos para entrar a trabajar a las siete.

«No solo damos de comer los niños», dice Roselyn , con su vaporosa blusa de flores. «Les damos amor y les cuidamos. Es importante para nosotros que se sientan queridos».

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