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Steve Ahsmuhs es voluntario del Programa de Educación para la Paz (PEP) en Orlando, Florida. En 2008 sufrió una apoplejía grave, pero descubrió que colaborar con el programa le permitía usar muchas habilidades que creía perdidas para siempre. Ser parte del equipo del PEP de Orlando es enriquecedor y te hace más humilde, dice. En este blog comparte cómo se ha llevado a cabo el programa en las cárceles del condado de Osceola. (A la izquierda, Steve, junto a Miriam y Emmanuel).

Al principio las cosas fueron despacio. En la primera sesión del PEP que realizamos Emmanuel Christian y yo, en una cárcel para hombres, solo se presentó uno. Entró con un aire de tipo duro y peligroso, no parecía interesado en conversar. Durante el periodo de «reflexiones» del taller no realizó ningún comentario. Al finalizar la sesión, nos sorprendió al confesarnos que solo había venido a comprobar de qué se trataba y que traería a más gente para la siguiente sesión. Y lo hizo.

Con una frecuencia de dos talleres por semana, ya en las primeras semanas desaparecieron las actitudes agresivas en la clase. Los que ya han asistido a talleres anteriores vienen relajados, sonrientes y felices. Los nuevos, (es raro que haya una sesión sin personas nuevas), entran con calma. Muchas veces al acabar los videos aplauden. Al finalizar la clase, siempre hay unos cuantos asistentes que agradecen nuestra labor como voluntarios. Nosotros les decimos: «De nada, es un placer».

Y es verdad. Es una experiencia increíble poder ayudar con estos maravillosos talleres. La mayoría de los asistentes no saben nada de Prem Rawat, y al cabo de una hora, están reflexionando, compartiendo lo que dice y hablando sobre el tema del taller con asombro y entusiasmo.

Además, con la ayuda de Miriam Christian, la madre de Emmanuel, ofrecemos los talleres a las reclusas, dos veces por semana. Las mujeres muestran su entusiasmo de forma más evidente. A menudo comentan sobre la sabiduría y el sentido del humor de Prem. Debaten sobre cómo incorporar lo que aprenden en los talleres en su día a día.

Una señora nos dijo que cuando llama a sus hijos les dice lo que ha aprendido en cada «clase de paz», desde la última vez que hablaron. Ella piensa que si a ella le ayuda, también será bueno para sus hijos.

Uno de los reclusos que había asistido a las sesiones durante meses, nos dijo que ya tenía todos los folletos y artículos sobre el taller, pero que no los cogía por codicia sino para enviárselos a sus hijos, para que no terminaran en la cárcel como él.

Los participantes nos han dicho que, por primera vez en sus vidas, han descubierto el auténtico valor de su existencia.

Estos son algunos de los comentarios que hemos anotado durante los talleres:

«Creamos nuestra propia realidad. No depende de otros; depende de mí».

 

«No solo vivas tu vida, sé parte activa de ella».

 

«Trata de mantener la paz cuando la tengas. Tenemos que aceptarlo, no seguir siendo estúpidos. Es importante entenderlo».

 

«Estoy a punto de salir de la cárcel. Estoy muy contento de haber asistido a este curso. Me hace tener la esperanza de que haré las cosas bien cuando salga».

 

«El mero hecho de estar vivo es un milagro».

 

«Comparto con mi hija lo que aprendo aquí. Ella siempre me pregunta».

 

«Aquí es difícil sentirse la paz, pero en esta clase lo consigo. Estoy aprendiendo a apreciar. Echo de menos lo que mi padre hace por mí. Ahora le valoro más».

 

«Este curso me ha cambiado».

 

«El hecho de estar vivo es un milagro».

Es fácil desear lo mejor a estas personas que han abierto sus corazones para compartir lo que tienen dentro. Lo malo es perder la oportunidad de aprender de los conmovedores comentarios de los participantes en estas clases.

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